Iron Maiden en Lima: Con los rieles calientes [Crónica]
Por Alberto Zelada G.
CRÓNICA DEL VÍNCULO HECHO CONCIERTO
Las sensaciones, como los decibeles, sobrepasan lo aconsejable para simples humanos; no importa, es lo que vinimos a buscar junto con todos los que hicieron largos viajes para llegar hasta aquí, donde solamente las águilas se atreven.
Emociones que permanecerán por siempre, minutos más allá de la medianoche, en nuestro pulso que todavía retumba: el canto de sus sirenas tiene una melodía furiosa capaz de arrancarte de cualquier mástil cotidiano.
Te podría contar la épica desde que sonó “Doctor Doctor” por los parlantes anunciando a la doncella, pero no será suficiente porque este llamado es más antiguo todavía. Te podría describir lo magnífico de la experiencia comparándola con una locomotora que nos arrolló a placer con sus cincuenta años y seis jinetes de fuerza. Heroicos guerreros entregados a la noche con la pasión de disfrutar y compartir su talento, porque la potencia y calidad de sus ejecuciones parecían surgir de quienes lo daban todo, como si no existiera retorno.
Eso es y será Iron Maiden para los que compartimos una manera particular de sentir y explicar el mundo. Para los jóvenes de canas y calvicie y para los que recién llegan a la estación.
Dicen que una tribu tiene sus códigos. Ronnie James Dio, uno de los grandes profetas del heavy metal, explicaba y justificaba la lealtad de los fans: se identifican unos con otros como parias excluidos de la normalidad de las rutinas impuestas. Y le creemos cuando vemos a desconocidos portando una camiseta como insignia solidaria, compartiendo alimentos y agua en plena fila mientras esperan la hora del evento.
El concierto se puede resumir en una demolición y victoria por nocaut donde nos lanzaron clásico tras clásico contra nuestra sedienta espera de quince años, pero es más que eso. Lo digo en presente porque no ha terminado, no para nosotros.
Los temas eran como repasar también nuestras propias edades: desde The Trooper, donde vimos flamear la bicolor en medio de un pogo brutal hasta Wasted Years, que es un himno de vida; desde Seventh Son of a Seventh Son, donde Bruce demostró su calidad vocal con un sostenido de casi medio minuto después de una hora de notas altas; desde Phantom of the Opera hasta The Number of the Beast, pasando por 2 Minutes to Midnight; o la esperada Rime of the Ancient Mariner y la escénica Hallowed Be Thy Name junto a otro himno como Fear of the Dark.

Hablemos también de los jinetes: Bruce con su cuidada voz de tenor y su capacidad histriónica y carisma; el ritmo galopante marcado por Steve, el cerebro; los dedos de Dave que se deslizan por los trastes con la elegancia de bailarinas de danza clásica; Adrian y sus solos melódicos; Janick poniendo el compás y el show; y Simon reemplazando a un querido Nico con todo el profesionalismo y respeto. Y Eddie, la mascota y símbolo que hace delirar a los seguidores y que es el dolor de cabeza para los padres que todavía se interrogan acerca del porqué de esta música llenando las habitaciones de sus hijos.
Es, como muchas cosas, una cuestión de perspectiva: la música es una sola, la melodía y la lírica deben funcionar antes de pensar siquiera en luces, fuego o monigotes. Es entender a tu abuelo diciendo que la vida misma le parece un bolero porque cuando algo te acompaña desde la adolescencia hasta la adultez, estamos hablando de amistad. Y a ti esa compañía te sabe a una doncella galopante que es refugio y fortaleza.
El reto persiste. Viejos guerreros desembarcarán las veces que sean necesarias. Duros abuelos, curtidos por el tiempo; dispares pero iguales. Miembros de una nación que habla una lengua aguda que pocos entienden y que ahora intentamos transmitir a las nuevas generaciones. Volveremos a esta estación para vivir en los años dorados, sabiendo que no los hemos desperdiciado.
UP THE IRONS!
Todas las fotos por Jhon Reyes Mejia.
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